Un perro grande es un gran amigo que sólo necesita de tí, sólo necesita que le brindes una familia, un hogar, una oportunidad. 
Nuestros amigos caninos, perros grandes y medianos, rescatados del maltrato o de abandono, esperan por su oportunidad. Algunos de ellos conocieron el abandono por el sólo hecho de crecer más allá de lo que sus familias esperaban. Su tamaño justificó su abandono.
¡Queremos que hoy su tamaño sea la razón por la que empiecen a hacer parte de tu vida!
Los perros grandes y medianos también merecen tener un hogar: ¡Adopta!

Un perro grande es un gran amigo que sólo necesita de tí, sólo necesita que le brindes una familia, un hogar, una oportunidad. 

Nuestros amigos caninos, perros grandes y medianos, rescatados del maltrato o de abandono, esperan por su oportunidad. Algunos de ellos conocieron el abandono por el sólo hecho de crecer más allá de lo que sus familias esperaban. Su tamaño justificó su abandono.

¡Queremos que hoy su tamaño sea la razón por la que empiecen a hacer parte de tu vida!

Los perros grandes y medianos también merecen tener un hogar: ¡Adopta!

¡Felicidad!
La Unión Europea prohíbe la experimentación en animales para productos cosméticos. Todo el texto de la nueva legislación lo puedes leer aquí.

¡Felicidad!

La Unión Europea prohíbe la experimentación en animales para productos cosméticos. Todo el texto de la nueva legislación lo puedes leer aquí.

Más vale tarde que nunca: 3 cosas que nunca será tarde para aprender (y que le hacen bien a uno y al planeta).
Hoy: Aprende a valorar las cosas pequeñas.
No sabría explicar de dónde viene la obsesión de la humanidad con los objetos grandes, y menos teniendo en cuenta la cantidad de veces que la historia ha demostrado las catástrofes que pueden traer esos objetos: El Titanic y las Torres Gemelas, por nombrar un par. Hay muchísimos estándares culturales que refuerzan la idea de que todo lo grande es mejor, en un podio el primer lugar va más arriba, el trofeo más grande es para los campeones, el salario más alto es para los “exitosos”, la finca más grande para los “poderosos”, etcétera.
Pareciera que algunos tenemos claro que no necesariamente el mejor regalo viene en la caja más grande, y que lo más valioso no es necesariamente lo que ocupa más espacio… pero todo el tiempo estamos descartando ideas, gestos, iniciativas, proyectos e incluso vidas simplemente porque nos parecen pequeñas. Por ejemplo: a pesar de que algunas personas no se sentirían capaces de pegarle a otra persona, no les parece tan problemático pegarle a un perro; de las personas que no se sienten capaces de pegarle a un perro, quizá la mayoría no lo piensa dos veces antes de matar una hormiga (y obviamente con esto no me refiero a matar hormigas mientras uno camina por la calle, sin darse cuenta, sino a ver una hormiga caminando tranquilamente en una mesa, y aplastarla intencionalmente). La persona, el perro y la hormiga son seres vivos, que sienten dolor, así que realmente no hay tanta diferencia, más allá de cómo se percibe social y culturalmente, entre maltratar al uno o al otro.
Este tipo de comportamientos –donde le damos importancia a las cosas grandes e ignoramos las pequeñas– aparece en muchos otros momentos de la vida cotidiana; las cosas grandes se ven más, son más evidentes, y de alguna manera es comprensible que tendamos a darles más importancia. Una abeja es un animal muy pequeño, pero las abejas son esenciales para la vida en el planeta, sin ellas está en riesgo la polinización de un gran porcentaje de las plantas de las que nos alimentamos nosotros y muchos otros animales, así que este bichito aparentemente insignificante resulta ser –al igual que todos los otros bichitos– un eslabón clave en el equilibrio del planeta. Otro ejemplo: estamos caminando en la playa y tiramos una basura al suelo, digamos una bolsa de plástico; una sola triste bolsa de plástico en una playa enorme, probablemente nadie la nota, no se ve, no es “importante”. Ahora, esto mismo lo piensan las otras 500 personas que van a esa misma playa, y ¡pum! tenemos una playa con 500 bolsas de plástico. Pasan 3, 5 semanas, ya no son 500 sino 3000 personas las que han visitado la playa y dejado su pedacito de basura. El panorama cambia, ¿no?
Esto pasa para bien o para mal… si ignoramos los gestos pequeños, no vamos a comprender cuando –por la suma de esos gestos– pasen cosas grandes. La playa se llena de basura porque cientos, miles de personas piensan que el pedacito de plástico que van a tirar no se va a notar. El planeta está inundándose con plástico porque millones de personas piensan que una sola botella de plástico, la que cada uno está comprando, no va a hacer gran diferencia; lo que falta considerar ahí es que no somos un humano, ni dos, sino cerca de 7 mil millones, y que a pesar de que queramos sentirnos únicos, solemos pensar y comportarnos de maneras similares… de nuevo, para bien o para mal.
Pero el poder acumulativo de lo pequeño tiene también un lado positivo: las buenas cosas pequeñas, sumadas, hacen buenas cosas grandes. No importa que seas un solo ser humano entre 7 mil millones, no estás solo, y no eres el único que piensa las cosas que piensas. Recoger una sola basura de la playa, dejar de comprar una sola botella de plástico, separar basuras (aunque parezca que nadie más lo hace), ayudar a alguien que lo necesita, aportar aunque sea poco a una causa que sea importante para ti, cuidar una sola planta, sembrar un solo árbol… son gestos que son pequeños sólo en apariencia. No sólo lo estás haciendo tú, hay otras personas que valoran el poder de lo pequeño y lo aprovechan.
Los grandes aviones se construyen también con piezas pequeñas, las casas se construyen de a poquito, las cosas se aprenden por partes. En la naturaleza las cosas grandes tampoco aparecen de la nada: los grandes árboles empiezan como pequeñísimas semillas, las ballenas azules empiezan como un cigoto microscópico, el río Amazonas empieza como un hilito de agua en la quebrada Apacheta, en las faldas del Nevado Quehuisha (Perú), y en su recorrido va creciendo, nutriendo cientos de pequeños ríos, mientras su cuenca crece abarcando nueve países y después de 7000 Km desemboca en el Atlántico.
No hay vidas pequeñas, todos los seres vivos somos valiosos. Tampoco hay gestos, iniciativas, ni ideas pequeñas. Todo depende de cómo se aprovechan y a dónde se dirigen. En el camino, una pequeña idea termina por nutrir a otras personas, que a su vez multiplicarán los resultados, de a poquito, hasta convertirse en algo grande.Recuerda que también los planetas, desde lejos, se ven como punticos.  
(Ilustración de Pietari Posti)

Más vale tarde que nunca: 3 cosas que nunca será tarde para aprender (y que le hacen bien a uno y al planeta).

Hoy: Aprende a valorar las cosas pequeñas.

No sabría explicar de dónde viene la obsesión de la humanidad con los objetos grandes, y menos teniendo en cuenta la cantidad de veces que la historia ha demostrado las catástrofes que pueden traer esos objetos: El Titanic y las Torres Gemelas, por nombrar un par. Hay muchísimos estándares culturales que refuerzan la idea de que todo lo grande es mejor, en un podio el primer lugar va más arriba, el trofeo más grande es para los campeones, el salario más alto es para los “exitosos”, la finca más grande para los “poderosos”, etcétera.

Pareciera que algunos tenemos claro que no necesariamente el mejor regalo viene en la caja más grande, y que lo más valioso no es necesariamente lo que ocupa más espacio… pero todo el tiempo estamos descartando ideas, gestos, iniciativas, proyectos e incluso vidas simplemente porque nos parecen pequeñas. Por ejemplo: a pesar de que algunas personas no se sentirían capaces de pegarle a otra persona, no les parece tan problemático pegarle a un perro; de las personas que no se sienten capaces de pegarle a un perro, quizá la mayoría no lo piensa dos veces antes de matar una hormiga (y obviamente con esto no me refiero a matar hormigas mientras uno camina por la calle, sin darse cuenta, sino a ver una hormiga caminando tranquilamente en una mesa, y aplastarla intencionalmente). La persona, el perro y la hormiga son seres vivos, que sienten dolor, así que realmente no hay tanta diferencia, más allá de cómo se percibe social y culturalmente, entre maltratar al uno o al otro.

Este tipo de comportamientos –donde le damos importancia a las cosas grandes e ignoramos las pequeñas– aparece en muchos otros momentos de la vida cotidiana; las cosas grandes se ven más, son más evidentes, y de alguna manera es comprensible que tendamos a darles más importancia. Una abeja es un animal muy pequeño, pero las abejas son esenciales para la vida en el planeta, sin ellas está en riesgo la polinización de un gran porcentaje de las plantas de las que nos alimentamos nosotros y muchos otros animales, así que este bichito aparentemente insignificante resulta ser –al igual que todos los otros bichitos– un eslabón clave en el equilibrio del planeta. Otro ejemplo: estamos caminando en la playa y tiramos una basura al suelo, digamos una bolsa de plástico; una sola triste bolsa de plástico en una playa enorme, probablemente nadie la nota, no se ve, no es “importante”. Ahora, esto mismo lo piensan las otras 500 personas que van a esa misma playa, y ¡pum! tenemos una playa con 500 bolsas de plástico. Pasan 3, 5 semanas, ya no son 500 sino 3000 personas las que han visitado la playa y dejado su pedacito de basura. El panorama cambia, ¿no?

Esto pasa para bien o para mal… si ignoramos los gestos pequeños, no vamos a comprender cuando –por la suma de esos gestos– pasen cosas grandes. La playa se llena de basura porque cientos, miles de personas piensan que el pedacito de plástico que van a tirar no se va a notar. El planeta está inundándose con plástico porque millones de personas piensan que una sola botella de plástico, la que cada uno está comprando, no va a hacer gran diferencia; lo que falta considerar ahí es que no somos un humano, ni dos, sino cerca de 7 mil millones, y que a pesar de que queramos sentirnos únicos, solemos pensar y comportarnos de maneras similares… de nuevo, para bien o para mal.

Pero el poder acumulativo de lo pequeño tiene también un lado positivo: las buenas cosas pequeñas, sumadas, hacen buenas cosas grandes. No importa que seas un solo ser humano entre 7 mil millones, no estás solo, y no eres el único que piensa las cosas que piensas. Recoger una sola basura de la playa, dejar de comprar una sola botella de plástico, separar basuras (aunque parezca que nadie más lo hace), ayudar a alguien que lo necesita, aportar aunque sea poco a una causa que sea importante para ti, cuidar una sola planta, sembrar un solo árbol… son gestos que son pequeños sólo en apariencia. No sólo lo estás haciendo tú, hay otras personas que valoran el poder de lo pequeño y lo aprovechan.

Los grandes aviones se construyen también con piezas pequeñas, las casas se construyen de a poquito, las cosas se aprenden por partes. En la naturaleza las cosas grandes tampoco aparecen de la nada: los grandes árboles empiezan como pequeñísimas semillas, las ballenas azules empiezan como un cigoto microscópico, el río Amazonas empieza como un hilito de agua en la quebrada Apacheta, en las faldas del Nevado Quehuisha (Perú), y en su recorrido va creciendo, nutriendo cientos de pequeños ríos, mientras su cuenca crece abarcando nueve países y después de 7000 Km desemboca en el Atlántico.

No hay vidas pequeñas, todos los seres vivos somos valiosos. Tampoco hay gestos, iniciativas, ni ideas pequeñas. Todo depende de cómo se aprovechan y a dónde se dirigen. En el camino, una pequeña idea termina por nutrir a otras personas, que a su vez multiplicarán los resultados, de a poquito, hasta convertirse en algo grande.

Recuerda que también los planetas, desde lejos, se ven como punticos. 
 

(Ilustración de Pietari Posti)

Esta semana: 3 cosas que nunca será tarde para aprender (y que le hacen bien a uno y al planeta).
Hoy: Aprende la diferencia entre ser pesimista y ser crítico.
Las malas noticias están en todas partes, las pruebas nos rodean y la evidencia suele parecer aplastante: todo es horrible. Los sistemas de salud, los bancos, los gobiernos, la actitud de la gente en la calle, el sistema educativo, la desigualdad en el mundo, la crisis económica, la crisis planetaria, y encima de todo la cantidad de gente que, en lugar de enterarse de lo que está pasando y hacer algo, se la pasa sentada frente al televisor viendo realities, noticias de la farándula, concursos de belleza o algún otro invento de distracción masiva.
Los niños ya no leen –sólo juegan cosas violentas en sus consolas–, ya no se puede salir tranquilo a la calle, los ladrones son cada vez más creativos, el aire cada vez está más sucio, todo está cada vez más lleno de basura, el tráfico cada vez es peor, las condiciones laborales son cada vez más deprimentes, la comida cada vez es de peor calidad, la gente es cada vez más maleducada. Sí, todo es cierto; como también es cierto quedarse sentado quejándose sirve casi tanto como sentarse a ver realities.
Lo que viene a continuación puede aveces parecer obvio, pero puede caerle a muchos como una sorpresa: frente a la mayoría de esas cosas horribles de las que uno se queja, es UNO el que puede hacer algo. Por supuesto, algo que vaya más allá de saber enumerarlas y angustiarse / quejarse.
Observando la desinformación e indiferencia que caracteriza a la mayoría de los humanos, estar enterado, leer noticias y conocer al menos algunas de las realidades complejas que nos rodean –y sentir que esas realidades nos afectan y nos preocupan– es un paso grande; pero aquí es donde viene lo importante: uno puede estar muy enterado, muy preocupado y ventilar esa preocupación y esa inconformidad a diestra y siniestra, pero mientras eso no pase de ser una visión pesimista llena de quejas, uno tampoco está “sirviendo” para nada. Quejarse y ver la realidad con pesimismo no es lo mismo que ser observador y crítico; si, la realidad generalmente no nos “ayuda” a tener una visión más optimista, pero a pesar de todo y a pesar de que muchas veces no queramos verlo, también esa realidad está llena de cosas positivas, de gente que está trabajando contra la corriente para cambiar las cosas que generan tristeza e inconformidad, y muchas veces con éxito… a pesar de que no sea lo que se ve en la primera plana de los periódicos, ni aparezca en los titulares de las noticias.
Para ayudarme un poco con la idea, cito unas pequeñas partes de Globalmente resignados, de Amartya Sen (muy recomendado, y el PDF completo se puede descargar aquí):

“… creo que nuestra indiferencia está ligada más a un defecto de conocimiento que a una falta de solidaridad. Este error cognoscitivo puede ser fruto de un optimismo irracional, así como de un pesimismo sin fundamento; y, extrañamente, estos dos extremos se tocan.… 
Hay entonces una convergencia, parcial pero verdadera, entre el optimista testarudo y el pesimista incorregible. El primero piensa que no vale la pena oponer resistencia, el segundo, que es inútil.…
Los puntos de vista opuestos se unen en la resignación, y la pasividad global se nutre no sólo de ceguera moral, apatía y egocentrismo sino también de la alianza conservadora entre dos posiciones extremas.”

No se trata entonces de poner cara de buenas pulgas y pretender que todo está bien, que no hay nada de qué quejarse y que nos rodea pura felicidad. Se trata de ser capaces de mirar para adentro y ver si realmente nuestra posición crítica está aportando algo, o si nos estamos sentando cómodamente en el papel del pesimista que cree que, a falta de resultados alentadores, ya no vale la pena hacer nada para intentar cambiar la realidad que tanto nos incomoda.
El paso siguiente es saber por dónde empezar, no se pueden pelear todas las batallas al mismo tiempo. Si te molesta el sistema de salud, las condiciones laborales, el gobierno, preocúpate de participar responsablemente como ciudadano, entérate de lo que está pasando, de lo que proponen los políticos, de las herramientas que tienes para exigirles que cumplan lo que han prometido. Si te molesta la crisis planetaria, entonces manos a la obra: entérate de lo que está pasando y modifica tus hábitos para tener una vida con menos impacto negativo en el planeta, con un uso más moderado de los recursos y un cuidadoso trato de los desechos que generas. Si te molesta el maltrato animal, aprende a llevar un estilo de vida que no requiera la explotación de los animales: hay alternativas alimenticias diferentes a la carne, alternativas de vestuario diferentes al cuero y las pieles, y alternativas de entretenimiento diferentes a los circos, acuarios y corridas de toros. 
Nos podemos pasar la vida mirando con pesimismo la realidad que nos tocó, quejándonos de lo horrible que es la humanidad. Pero la humanidad está compuesta por humanos, es decir, nosotros mismos y también la gente que nos rodea. Indudablemente lo más cómodo es estar sentado diciendo “todo es horrible, ¿por qué nadie hace nada al respecto?”; y el antónimo de nadie es alguien; y uno es alguien… y alguien debería hacer algo al respecto.

(collage: Ben Giles)

Esta semana: 3 cosas que nunca será tarde para aprender (y que le hacen bien a uno y al planeta).

Hoy: Aprende la diferencia entre ser pesimista y ser crítico.

Las malas noticias están en todas partes, las pruebas nos rodean y la evidencia suele parecer aplastante: todo es horrible. Los sistemas de salud, los bancos, los gobiernos, la actitud de la gente en la calle, el sistema educativo, la desigualdad en el mundo, la crisis económica, la crisis planetaria, y encima de todo la cantidad de gente que, en lugar de enterarse de lo que está pasando y hacer algo, se la pasa sentada frente al televisor viendo realities, noticias de la farándula, concursos de belleza o algún otro invento de distracción masiva.

Los niños ya no leen –sólo juegan cosas violentas en sus consolas–, ya no se puede salir tranquilo a la calle, los ladrones son cada vez más creativos, el aire cada vez está más sucio, todo está cada vez más lleno de basura, el tráfico cada vez es peor, las condiciones laborales son cada vez más deprimentes, la comida cada vez es de peor calidad, la gente es cada vez más maleducada. Sí, todo es cierto; como también es cierto quedarse sentado quejándose sirve casi tanto como sentarse a ver realities.

Lo que viene a continuación puede aveces parecer obvio, pero puede caerle a muchos como una sorpresa: frente a la mayoría de esas cosas horribles de las que uno se queja, es UNO el que puede hacer algo. Por supuesto, algo que vaya más allá de saber enumerarlas y angustiarse / quejarse.

Observando la desinformación e indiferencia que caracteriza a la mayoría de los humanos, estar enterado, leer noticias y conocer al menos algunas de las realidades complejas que nos rodean –y sentir que esas realidades nos afectan y nos preocupan– es un paso grande; pero aquí es donde viene lo importante: uno puede estar muy enterado, muy preocupado y ventilar esa preocupación y esa inconformidad a diestra y siniestra, pero mientras eso no pase de ser una visión pesimista llena de quejas, uno tampoco está “sirviendo” para nada. Quejarse y ver la realidad con pesimismo no es lo mismo que ser observador y crítico; si, la realidad generalmente no nos “ayuda” a tener una visión más optimista, pero a pesar de todo y a pesar de que muchas veces no queramos verlo, también esa realidad está llena de cosas positivas, de gente que está trabajando contra la corriente para cambiar las cosas que generan tristeza e inconformidad, y muchas veces con éxito… a pesar de que no sea lo que se ve en la primera plana de los periódicos, ni aparezca en los titulares de las noticias.

Para ayudarme un poco con la idea, cito unas pequeñas partes de Globalmente resignados, de Amartya Sen (muy recomendado, y el PDF completo se puede descargar aquí):

“… creo que nuestra indiferencia está ligada más a un defecto de conocimiento que a una falta de solidaridad. Este error cognoscitivo puede ser fruto de un optimismo irracional, así como de un pesimismo sin fundamento; y, extrañamente, estos dos extremos se tocan.
… 

Hay entonces una convergencia, parcial pero verdadera, entre el optimista testarudo y el pesimista incorregible. El primero piensa que no vale la pena oponer resistencia, el segundo, que es inútil.

Los puntos de vista opuestos se unen en la resignación, y la pasividad global se nutre no sólo de ceguera moral, apatía y egocentrismo sino también de la alianza conservadora entre dos posiciones extremas.”


No se trata entonces de poner cara de buenas pulgas y pretender que todo está bien, que no hay nada de qué quejarse y que nos rodea pura felicidad. Se trata de ser capaces de mirar para adentro y ver si realmente nuestra posición crítica está aportando algo, o si nos estamos sentando cómodamente en el papel del pesimista que cree que, a falta de resultados alentadores, ya no vale la pena hacer nada para intentar cambiar la realidad que tanto nos incomoda.

El paso siguiente es saber por dónde empezar, no se pueden pelear todas las batallas al mismo tiempo. Si te molesta el sistema de salud, las condiciones laborales, el gobierno, preocúpate de participar responsablemente como ciudadano, entérate de lo que está pasando, de lo que proponen los políticos, de las herramientas que tienes para exigirles que cumplan lo que han prometido. Si te molesta la crisis planetaria, entonces manos a la obra: entérate de lo que está pasando y modifica tus hábitos para tener una vida con menos impacto negativo en el planeta, con un uso más moderado de los recursos y un cuidadoso trato de los desechos que generas. Si te molesta el maltrato animal, aprende a llevar un estilo de vida que no requiera la explotación de los animales: hay alternativas alimenticias diferentes a la carne, alternativas de vestuario diferentes al cuero y las pieles, y alternativas de entretenimiento diferentes a los circos, acuarios y corridas de toros. 

Nos podemos pasar la vida mirando con pesimismo la realidad que nos tocó, quejándonos de lo horrible que es la humanidad. Pero la humanidad está compuesta por humanos, es decir, nosotros mismos y también la gente que nos rodea. Indudablemente lo más cómodo es estar sentado diciendo “todo es horrible, ¿por qué nadie hace nada al respecto?”; y el antónimo de nadie es alguien; y uno es alguien… y alguien debería hacer algo al respecto.

(collage: Ben Giles)

Esta semana: 3 cosas que nunca será tarde para aprender (y que le hacen bien a uno y al planeta).
Hoy: Aprende a vivir más despacio.
Nos hemos ido acostumbrando a que todo en nuestra vida sea “fácil” y rápido. La publicidad y las campañas de mercadeo lo repiten todo el tiempo: ahorra tiempo. La comida se prepara en 3 minutos en el microondas, el café es instantáneo, las sopas vienen en un sobre ya con todos los ingredientes (o al menos con un remedo de los mismos), el ajo viene en polvo para no tener que picarlo, el champú y el acondicionador vienen juntos, usamos el ascensor aunque sea sólo para un piso, recibimos los emails en el celular, descargamos mapas en 10 segundos y ya no tenemos que buscar las direcciones, y la lista sigue. 
En muchos casos la velocidad, la inmediatez a la que nos hemos acostumbrado, es de gran utilidad. Poder pagar las cuentas por internet es una maravilla de esa “velocidad moderna”, como también lo son los aviones, el GPS y el Bluetooth. Además, si un día realmente no hay tiempo para preparar el almuerzo, mejor comer una lasaña de microondas que quedarse aguantando hambre. Pero todo esto tiene un límite… o debería tenerlo.
Ese límite cada vez es más borroso y normalmente nadie nos enseña a reconocerlo, al contrario, pareciera que cada vez más estamos siendo educados para ignorarlo, y a estas alturas la velocidad nos está trayendo más problemas que beneficios.
No voy a enumerar cada uno de los inconvenientes de esa inmediatez desbocada; seguramente cada uno de ustedes es capaz de reconocer al menos alguna consecuencia negativa en la vida cotidiana: desde el aumento de estrés, la sensación de que se hacen mil cosas pero no se hace nada y la alimentación pobre en nutrientes y llena de conservantes, hasta el café de mala calidad y el pelo maltratado. Todo en nuestras vidas está apuntando a ahorrar tiempo, y aún así da la sensación de que no tenemos tiempo de hacer nada bueno para nosotros mismos.
Esa cultura de la velocidad, como si fuera poco, está acabando también con el planeta. O bueno, para ser más precisos, nosotros estamos acabando con el planeta al estar tan maravillados con la velocidad. No hay que pensar nada, todo es posible y todo es desechable. Para qué llevar bolsas de tela si en el supermercado hay bolsas de plástico (y por lo tanto nos evita tener que planear las compras). Para qué usar una taza de porcelana si hay vasos desechables que no hace falta lavar (y por lo tanto nos ahorra tiempo). Para qué llevar a revisión los aparatos eléctricos si es más barato comprarlos nuevos (aunque por supuesto cada vez duren menos). Lo que no parecemos plantearnos es que todo eso se ha fabricado, en su gran mayoría, con procesos que tienen mucho impacto en la gente y en el planeta; y como si esto ya no fuera suficientemente malo, todos esos productos rápidos se convierten –si, rápidamente– en basura. 
Después de tanto tiempo acostumbrándonos es posible que no sea fácil de aprender, pero vivir despacio vale la pena. No digo que haya que despedirse de la vida como la conocemos, no es necesario renunciar a todas las “comodidades” de nuestra cultura veloz; con algunos cambios básicos ya se puede sentir la diferencia, y de a poco se le empieza a sacar gusto de nuevo a las cosas cuando van despacio y se tiene tiempo para disfrutarlas: una caminata para ir a hacer las compras de la casa, unas cuantas bolsas de tela para transportarlas, tomarse el tiempo para seleccionar bien lo que estamos comprando; volver a casa y tomar un café de los de verdad, mientras se prepara una sopa con todos sus ingredientes reales, para después compartirla con los amigos o la familia mientras se habla de cualquier cosa, en una conversación de esas que los televisores y los smartphone ya casi no dejan tener.
No hay que estar actualizado todo el tiempo, ni hay que tener lo último de todo en todo momento. No hay que hacer todo en 3 minutos. Sí, es lo que nos dicen siempre, pero quienes nos lo dicen no son personas genuinamente preocupadas por nosotros sino –generalmente– expertos en marketing cuyo trabajo consiste en hacernos sentir que todo hay que saberlo ya, hacerlo ya, comprarlo ya. Una vez empieza parece imposible de parar, pero la vida no tiene que ser así.
Deberíamos permitirnos al menos de vez en cuando un poco de desconexión y lentitud; de tiempo para disfrutar lo que sea que estemos haciendo, aunque sea lavar los platos, tiempo para hacer las cosas bien, las que deberíamos estar haciendo hace tiempo –como cuidarnos y cuidar el lugar en el que vivimos–. Cuando las pequeñas rutinas de la vida cotidiana se van convirtiendo en un ritual, se les empieza a ganar cariño y se empieza a reconocer otro ritmo, un ritmo que tiene más lógica con nuestro propio funcionamiento y que es más sano para nosotros y para el planeta.
(ilustración: Aleksandr Deyneka - The City /1928)
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Muy recomendado: Velocidad, ¿ir más rápido o llegar antes?Haz click aquí para descargar el texto en PDF.Haz click aquí para ver el vínculo desde la web.

Esta semana: 3 cosas que nunca será tarde para aprender (y que le hacen bien a uno y al planeta).

Hoy: Aprende a vivir más despacio.

Nos hemos ido acostumbrando a que todo en nuestra vida sea “fácil” y rápido. La publicidad y las campañas de mercadeo lo repiten todo el tiempo: ahorra tiempo. La comida se prepara en 3 minutos en el microondas, el café es instantáneo, las sopas vienen en un sobre ya con todos los ingredientes (o al menos con un remedo de los mismos), el ajo viene en polvo para no tener que picarlo, el champú y el acondicionador vienen juntos, usamos el ascensor aunque sea sólo para un piso, recibimos los emails en el celular, descargamos mapas en 10 segundos y ya no tenemos que buscar las direcciones, y la lista sigue. 

En muchos casos la velocidad, la inmediatez a la que nos hemos acostumbrado, es de gran utilidad. Poder pagar las cuentas por internet es una maravilla de esa “velocidad moderna”, como también lo son los aviones, el GPS y el Bluetooth. Además, si un día realmente no hay tiempo para preparar el almuerzo, mejor comer una lasaña de microondas que quedarse aguantando hambre. Pero todo esto tiene un límite… o debería tenerlo.

Ese límite cada vez es más borroso y normalmente nadie nos enseña a reconocerlo, al contrario, pareciera que cada vez más estamos siendo educados para ignorarlo, y a estas alturas la velocidad nos está trayendo más problemas que beneficios.

No voy a enumerar cada uno de los inconvenientes de esa inmediatez desbocada; seguramente cada uno de ustedes es capaz de reconocer al menos alguna consecuencia negativa en la vida cotidiana: desde el aumento de estrés, la sensación de que se hacen mil cosas pero no se hace nada y la alimentación pobre en nutrientes y llena de conservantes, hasta el café de mala calidad y el pelo maltratado. Todo en nuestras vidas está apuntando a ahorrar tiempo, y aún así da la sensación de que no tenemos tiempo de hacer nada bueno para nosotros mismos.

Esa cultura de la velocidad, como si fuera poco, está acabando también con el planeta. O bueno, para ser más precisos, nosotros estamos acabando con el planeta al estar tan maravillados con la velocidad. No hay que pensar nada, todo es posible y todo es desechable. Para qué llevar bolsas de tela si en el supermercado hay bolsas de plástico (y por lo tanto nos evita tener que planear las compras). Para qué usar una taza de porcelana si hay vasos desechables que no hace falta lavar (y por lo tanto nos ahorra tiempo). Para qué llevar a revisión los aparatos eléctricos si es más barato comprarlos nuevos (aunque por supuesto cada vez duren menos). Lo que no parecemos plantearnos es que todo eso se ha fabricado, en su gran mayoría, con procesos que tienen mucho impacto en la gente y en el planeta; y como si esto ya no fuera suficientemente malo, todos esos productos rápidos se convierten –si, rápidamente– en basura. 

Después de tanto tiempo acostumbrándonos es posible que no sea fácil de aprender, pero vivir despacio vale la pena. No digo que haya que despedirse de la vida como la conocemos, no es necesario renunciar a todas las “comodidades” de nuestra cultura veloz; con algunos cambios básicos ya se puede sentir la diferencia, y de a poco se le empieza a sacar gusto de nuevo a las cosas cuando van despacio y se tiene tiempo para disfrutarlas: una caminata para ir a hacer las compras de la casa, unas cuantas bolsas de tela para transportarlas, tomarse el tiempo para seleccionar bien lo que estamos comprando; volver a casa y tomar un café de los de verdad, mientras se prepara una sopa con todos sus ingredientes reales, para después compartirla con los amigos o la familia mientras se habla de cualquier cosa, en una conversación de esas que los televisores y los smartphone ya casi no dejan tener.

No hay que estar actualizado todo el tiempo, ni hay que tener lo último de todo en todo momento. No hay que hacer todo en 3 minutos. Sí, es lo que nos dicen siempre, pero quienes nos lo dicen no son personas genuinamente preocupadas por nosotros sino –generalmente– expertos en marketing cuyo trabajo consiste en hacernos sentir que todo hay que saberlo ya, hacerlo ya, comprarlo ya. Una vez empieza parece imposible de parar, pero la vida no tiene que ser así.

Deberíamos permitirnos al menos de vez en cuando un poco de desconexión y lentitud; de tiempo para disfrutar lo que sea que estemos haciendo, aunque sea lavar los platos, tiempo para hacer las cosas bien, las que deberíamos estar haciendo hace tiempo –como cuidarnos y cuidar el lugar en el que vivimos–. Cuando las pequeñas rutinas de la vida cotidiana se van convirtiendo en un ritual, se les empieza a ganar cariño y se empieza a reconocer otro ritmo, un ritmo que tiene más lógica con nuestro propio funcionamiento y que es más sano para nosotros y para el planeta.

(ilustración: Aleksandr Deyneka - The City /1928)

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Otro paso (no tan pequeño) en la dirección que queremos.

Petro anuncia prohibición de las corridas de toros en la Plaza de Santamaría. El alcalde de Bogotá aseguró que ante la negativa de la Corporación Taurina de eliminar la muerte del toro, la Plaza de Santamaría será un escenario dispuesto para la realización de “actividades culturales y educativas”. 

Puede que no parezca una noticia lo suficientemente importante; aún no se trata de una ley que aplique para todo el país, y dos de las ferias taurinas más grandes de Colombia siguen estando vigentes… pero por algo se empieza, y que el hecho de que esté pasando en la capital no puede pasar desapercibido. 
Una lucecita de esperanza para los que queremos que se respete la vida de los animales; y una razón más para seguir creyendo que a partir de cosas pequeñas se puede llegar a cosas grandes.
La noticia completa está aquí.
(fuente: Revista Semana · fotos: SXC)

Otro paso (no tan pequeño) en la dirección que queremos.

Petro anuncia prohibición de las corridas de toros en la Plaza de Santamaría. El alcalde de Bogotá aseguró que ante la negativa de la Corporación Taurina de eliminar la muerte del toro, la Plaza de Santamaría será un escenario dispuesto para la realización de “actividades culturales y educativas”. 

Puede que no parezca una noticia lo suficientemente importante; aún no se trata de una ley que aplique para todo el país, y dos de las ferias taurinas más grandes de Colombia siguen estando vigentes… pero por algo se empieza, y que el hecho de que esté pasando en la capital no puede pasar desapercibido. 

Una lucecita de esperanza para los que queremos que se respete la vida de los animales; y una razón más para seguir creyendo que a partir de cosas pequeñas se puede llegar a cosas grandes.

La noticia completa está aquí.

(fuente: Revista Semana · fotos: SXC)

Ahhh… la tierra. Saludable, fuerte y llena de vida.

Pero espera, ¿qué tienes ahí?

Parece que tienes una infección de humanos.

Para ser una tierra saludable, todos tus elementos deben estar en equilibrio. Pero estos parásitos masacran todas tus formas de vida; acaban con tus recursos naturales y envenenan tu atmósfera. Una vez contraidos, los humanos actúan rápidamente. Se multiplican por más de 300.000 al día, consumiendo todo lo que se cruza en su camino.

La tierra es sólo el comienzo. Quién sabe qué sigue.
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Feliz día mundial del medio ambiente.

Cuidado con el paradero final de tus pilas.
Ya habíamos hablado un poco de la importancia de reducir el uso de pilas desechables, cambiándolas por pilas recargables para reducir la cantidad de contaminación que generamos, pero no habíamos hablado sobre la manera adecuada de desecharlas cuando dejan de funcionar.
El problema:
El funcionamiento de las pilas se basa en un conjunto de reacciones químicas que proporcionan una cierta cantidad de electricidad, que si bien es pequeña, permite el funcionamiento de pequeños motores o dispositivos electrónicos. Pero esta ventaja favorable de la autonomía, se contrapone a los efectos negativos de los compuestos químicos empleados en la reacción donde se produce la electricidad, ya que en su mayoría son metales pesados, que liberados al medio ambiente producen serios problemas de contaminación. 
Cómo se produce la contaminación:
Las pilas son arrojadas con el resto de la basura domiciliaria, siendo vertidas en basureros, ya sean a cielo abierto o a rellenos sanitarios y en otros casos a terrenos baldíos, acequias, caminos vecinales, causes de agua, etc.
Para imaginar la magnitud de la contaminación de estas pilas, vasta con saber que son las causantes del 93% del Mercurio en la basura domestica, así como del 47% del Zinc, del 48% del Cadmio, del 22% del Níquel, etc. 
Estas pilas sufren la corrosión de sus carcazas afectadas internamente por sus componentes y externamente por la acción climática y por el proceso de fermentación de la basura, especialmente la materia orgánica, que al elevar su temperatura hasta los 70º C, actúa como un reactor de la contaminación. 
Cuando se produce el derrame de los electrolitos internos de las pilas, arrastra los metales pesados. Estos metales fluyen por el suelo contaminando toda forma de vida (asimilación vegetal y animal). 
Lo que podemos hacer:
No debes tiras las pilas en el basurero como si fueran una pieza inofensiva de basura. En muchos países ya se está haciendo un manejo controlado de ese tipo de desechos, es importante que identifiques esas iniciativas y encuentres un punto de recolección de pilas usadas en tu ciudad.
En Colombia, el Ministerio del Medio Ambiente y la Asociación Nacional de Empresarios instalarán varios puntos de recolección de pilas usadas en súpermercados, grandes superficies y otros lugares.
Aquí puedes encontrar un mapa donde puedes encontrar algunos de esos puntos de recolección, y otra información adicional sobre el programa de post-consumo de pilas.
(fuente: EcoABC · fotos: SXC · ¡Gracias a Laura Henao por el dato del programa nacional de recolección de pilas!)

Cuidado con el paradero final de tus pilas.

Ya habíamos hablado un poco de la importancia de reducir el uso de pilas desechables, cambiándolas por pilas recargables para reducir la cantidad de contaminación que generamos, pero no habíamos hablado sobre la manera adecuada de desecharlas cuando dejan de funcionar.


El problema:

El funcionamiento de las pilas se basa en un conjunto de reacciones químicas que proporcionan una cierta cantidad de electricidad, que si bien es pequeña, permite el funcionamiento de pequeños motores o dispositivos electrónicos. Pero esta ventaja favorable de la autonomía, se contrapone a los efectos negativos de los compuestos químicos empleados en la reacción donde se produce la electricidad, ya que en su mayoría son metales pesados, que liberados al medio ambiente producen serios problemas de contaminación. 


Cómo se produce la contaminación:

Las pilas son arrojadas con el resto de la basura domiciliaria, siendo vertidas en basureros, ya sean a cielo abierto o a rellenos sanitarios y en otros casos a terrenos baldíos, acequias, caminos vecinales, causes de agua, etc.

Para imaginar la magnitud de la contaminación de estas pilas, vasta con saber que son las causantes del 93% del Mercurio en la basura domestica, así como del 47% del Zinc, del 48% del Cadmio, del 22% del Níquel, etc. 

Estas pilas sufren la corrosión de sus carcazas afectadas internamente por sus componentes y externamente por la acción climática y por el proceso de fermentación de la basura, especialmente la materia orgánica, que al elevar su temperatura hasta los 70º C, actúa como un reactor de la contaminación. 

Cuando se produce el derrame de los electrolitos internos de las pilas, arrastra los metales pesados. Estos metales fluyen por el suelo contaminando toda forma de vida (asimilación vegetal y animal). 


Lo que podemos hacer:

No debes tiras las pilas en el basurero como si fueran una pieza inofensiva de basura. En muchos países ya se está haciendo un manejo controlado de ese tipo de desechos, es importante que identifiques esas iniciativas y encuentres un punto de recolección de pilas usadas en tu ciudad.

En Colombia, el Ministerio del Medio Ambiente y la Asociación Nacional de Empresarios instalarán varios puntos de recolección de pilas usadas en súpermercados, grandes superficies y otros lugares.

Aquí puedes encontrar un mapa donde puedes encontrar algunos de esos puntos de recolección, y otra información adicional sobre el programa de post-consumo de pilas.

(fuente: EcoABC · fotos: SXC · ¡Gracias a Laura Henao por el dato del programa nacional de recolección de pilas!)

Los seres humanos consumimos cada año “una Tierra y media”.
Los seres humanos estamos usando 50% más recursos de los que la Tierra puede generar en forma sostenible, advirtió en un nuevo informe el Fondo Mundial para la Naturaleza, WWF por sus siglas en inglés.
La Tierra tarda un año y medio en reponer los recursos que la población global consume en un año. La demanda de recursos naturales a nivel global se duplicó desde 1966, y si cada habitante del planeta consumiera como un estadounidense promedio, se requerirían cuatro planetas para satisfacer esta demanda.
Los datos se encuentran en el informe “Planeta Vivo 2012”, según el cual la biodiversidad mundial se ha reducido en un 30% en promedio desde 1970 a 2008 y el impacto mayor se ha sufrido en los trópicos, donde la pérdida de biodiversidad llegó a un 60%.

“Necesitamos incrementar el sentido de urgencia. No se trata sólo de algo que afectará nuestras vidas, sino también del legado que dejaremos a las generaciones futuras”.

Huella ecológicaPara evaluar el estado de la Tierra, WWF utilizó dos herramientas, el Índice Planeta Vivo, que considera la salud de los ecosistemas, y la llamada Huella Ecológica, que mide la demanda y uso de recursos en relación a la capacidad de regeneración de los mismos.
Los diez países con mayor huella ecológica del mundo son Qatar, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, Dinamarca, Estados Unidos, Bélgica, Australia, Canadá, Holanda e Irlanda.El informe toma en cuenta no solo el impacto de la actividad económica a nivel nacional, sino los recursos utilizados en productos importados.
“Puede sorprender ver a países como Dinamarca, conocidos como ecológicos, en una posición tan alta”, dijo Gemma Cranston, de la Red Global de la Huella Ecológica, coeditora del informe, ”pero la huella toma en cuenta las importaciones y su costo para el medio ambiente”.

Los países ricos tienen de media cinco veces más impacto que los menos desarrollados, pero el mayor declive en biodiversidad lo sufren los países más pobres, que “subsidian el estilo de vida de los países ricos”, según el documento.

WWF también midió mensualmente la escasez de agua en más de 400 sistemas fluviales, concluyendo que cerca de 2.700 millones de personas sufren falta de agua al menos un mes cada año.

La deforestación para abrir camino a la ganadería es una de las principales causas de pérdida de biodiversidad, según el informe.

El informe apunta además a la necesidad de cambiar lo que considera otro problema crucial: el desperdicio de 30% de alimentos a nivel global que o bien son botados en los países ricos o no pueden ser almacenados por falta de infraestructura en los países en desarrollo.

“Si se tratara de un declive similar en las bolsas de valores, habría pánico en los mercados internacionales” –Tim Blackburn–

“La naturaleza es más importante que el dinero. La humanidad puede vivir sin dinero, pero no podemos sobrevivir sin la naturaleza y los recursos que provee”.
El informe recomienda varias medidas, como la reducción drástica del uso de combustibles fósiles y su sustitución por energías renovables, el fin de subsidios a actividades de gran impacto ecológico, el uso más eficiente del agua y la compra y producción de productos fabricados en forma sostenible.El borrador del documento central de discusión para la conferencia Rio+20 también recomienda que los gobiernos utilicen medidas de actividad económica que incluyan el costo del impacto ecológico y el uso del llamado “capital natural”.No es demasiado tarde para cambiar de rumbo, dijo Nussbaum, pero “debemos tratar este problema con la misma urgencia y determinación con que se enfrentó la crisis financiera”.
(fuente: BBC Mundo · fotos: SXC)

Los seres humanos consumimos cada año “una Tierra y media”.

Los seres humanos estamos usando 50% más recursos de los que la Tierra puede generar en forma sostenible, advirtió en un nuevo informe el Fondo Mundial para la Naturaleza, WWF por sus siglas en inglés.

La Tierra tarda un año y medio en reponer los recursos que la población global consume en un año. La demanda de recursos naturales a nivel global se duplicó desde 1966, y si cada habitante del planeta consumiera como un estadounidense promedio, se requerirían cuatro planetas para satisfacer esta demanda.

Los datos se encuentran en el informe “Planeta Vivo 2012”, según el cual la biodiversidad mundial se ha reducido en un 30% en promedio desde 1970 a 2008 y el impacto mayor se ha sufrido en los trópicos, donde la pérdida de biodiversidad llegó a un 60%.

“Necesitamos incrementar el sentido de urgencia. No se trata sólo de algo que afectará nuestras vidas, sino también del legado que dejaremos a las generaciones futuras”.


Huella ecológica

Para evaluar el estado de la Tierra, WWF utilizó dos herramientas, el Índice Planeta Vivo, que considera la salud de los ecosistemas, y la llamada Huella Ecológica, que mide la demanda y uso de recursos en relación a la capacidad de regeneración de los mismos.

Los diez países con mayor huella ecológica del mundo son Qatar, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, Dinamarca, Estados Unidos, Bélgica, Australia, Canadá, Holanda e Irlanda.

El informe toma en cuenta no solo el impacto de la actividad económica a nivel nacional, sino los recursos utilizados en productos importados.

“Puede sorprender ver a países como Dinamarca, conocidos como ecológicos, en una posición tan alta”, dijo Gemma Cranston, de la Red Global de la Huella Ecológica, coeditora del informe, ”pero la huella toma en cuenta las importaciones y su costo para el medio ambiente”.

Los países ricos tienen de media cinco veces más impacto que los menos desarrollados, pero el mayor declive en biodiversidad lo sufren los países más pobres, que “subsidian el estilo de vida de los países ricos”, según el documento.


WWF también midió mensualmente la escasez de agua en más de 400 sistemas fluviales, concluyendo que cerca de 2.700 millones de personas sufren falta de agua al menos un mes cada año.

La deforestación para abrir camino a la ganadería es una de las principales causas de pérdida de biodiversidad, según el informe.

El informe apunta además a la necesidad de cambiar lo que considera otro problema crucial: el desperdicio de 30% de alimentos a nivel global que o bien son botados en los países ricos o no pueden ser almacenados por falta de infraestructura en los países en desarrollo.

“Si se tratara de un declive similar en las bolsas de valores, habría pánico en los mercados internacionales” –Tim Blackburn–

“La naturaleza es más importante que el dinero. La humanidad puede vivir sin dinero, pero no podemos sobrevivir sin la naturaleza y los recursos que provee”.

El informe recomienda varias medidas, como la reducción drástica del uso de combustibles fósiles y su sustitución por energías renovables, el fin de subsidios a actividades de gran impacto ecológico, el uso más eficiente del agua y la compra y producción de productos fabricados en forma sostenible.

El borrador del documento central de discusión para la conferencia Rio+20 también recomienda que los gobiernos utilicen medidas de actividad económica que incluyan el costo del impacto ecológico y el uso del llamado “capital natural”.

No es demasiado tarde para cambiar de rumbo, dijo Nussbaum, pero “debemos tratar este problema con la misma urgencia y determinación con que se enfrentó la crisis financiera”.


(fuente: BBC Mundo · fotos: SXC)

Esta semana: 3 excusas comunes para evadir la responsabilidad con el planeta, y cómo vencer la tentación de usarlas.

Hoy: “Compro agua embotellada porque me da sed cuando no estoy en casa, y llevar conmigo una botella que no sea desechable es demasiado problema”

Necesitamos consumir líquidos para vivir, y muchas veces en medio de las actividades del día lo olvidamos por completo hasta que nuestro cuerpo nos da una señal, la sed, para recordarnos que nos estamos deshidratando.

Claro, aveces puede ser imposible prever las circunstancias en las que nos vamos a encontrar durante el día, y puede que alguna vez nos tome por sorpresa la sed sin que tengamos con nosotros una botella llena de agua para hidratarnos, pero un gran porcentaje de las veces sí podemos estar preparados.

Si planeas una tarde de caminata en la ciudad, un paseo en bicicleta o una mañana de trámites hogareños, tener una botella (reutilizable) llena de agua es tan importante como usar bloqueador, llevar la billetera y tener las llaves de casa. Aún más importante: si estás en tu oficina o en tu casa ¿qué sentido tiene comprar botellas de plástico llenas de un líquido que sale, a bajísimo precio, por las llaves de la cocina y el baño? lo único que necesitas es un vaso o la misma preciosa botella reutilizable que compraste para salir a caminar.

A continuación, cinco razones importantes para no comprar agua embotellada (Extraídas de El blog verde)

1. El agua embotellada no es la gran cosa

Tomemos como ejemplo aguas famosas en todo el mundo, como Aquafina de Pepsi y Dasani de Coca-Cola. Estas dos marcas venden agua filtrada, no es ni mineral, ni mineralizada. Es simplemente agua potable, y suele ser vendida a precios altos. Que luego terminan generando muchos desperdicios plásticos que no son biodegradables.

2. No es más saludable que el agua del grifo

No hay prueba alguna de que el agua embotellada sea mejor que la del grifo. Teóricamente en ambos casos es agua filtrada, y en ambos casos el agua potable es regulada. Pero no ha razón alguna para asumir que el agua embotellada es mejor o más limpia.

3. El agua embotellada significa mucha basura

Las botellas de agua producen 1.5 millones de toneladas de desperdicios de plástico al año tan sólo en Estados Unidos. Esa cantidad de plástico requiere de 178 millones de litros de petróleo al año para poder producirlo. Y si bien el plástico de las botellas es de muy buena calidad, y por ende buscado para reciclar, el 80% se acumula en basurales, en calles, en ríos, en el océano. Como dijimos antes el plástico no es biodegradable, se degrada tan sólo luego de miles de años, así que todo el plástico que se ha producido en la historia de la humanidad todavía está ahí afuera dando vueltas.

4. El agua embotellada significa menos atención a los sistemas públicos

La mayoría de la gente que consume agua embotellada en sus hogares es debido a que no les gusta el sabor del agua de grifo local, o porque tienen dudas sobre su potabilidad.

Lo ideal sería apoyar propuestas para mejorar el agua de grifo.

5. La privatización del agua

En todo el mundo el agua que sale de su grifo suele estar privatizada. Depende de grandes empresas. El agua ha sido llamada el “oro azul” del siglo 21, ya que se ha convertido en uno de los bienes más preciados.

Corporaciones multinacionales están comprando las empresas locales de agua en todo el planeta. Las mismas corporaciones que son dueñas del agua embotellada. Y sí, pensaron bien. A ellos les conviene económicamente vender el agua en botellas de plástico.